lunes, 2 de marzo de 2015

Virtual Insanity (o la involución en las relaciones humanas)

Nos relacionamos. De eso no hay duda. Y además de diversas maneras. Últimamente hasta nos relacionamos más virtual que personalmente. Eso nos preocupa de forma relativa, pero lo que si hace es asustarnos un poco. Nos asusta por esa tendencia estúpida que tenemos los seres humanos a la comodidad. Porque al final, lejos de cobrar un uso práctico inmediato, las relaciones virtuales se expanden cada vez más. Y con expansión nos referimos a que cada vez invertimos más tiempo en nuestras relaciones de forma virtual que real. Y entiéndenos, no queremos decir que lo virtual no sea real. Pero en cierto modo sí. Menudo lío.

Y no sólo invertimos más y más tiempo en relacionarnos virtualmente entre nosotros/as (las personas), si no que también nos relacionamos virtualmente, en sentido ascendente (y frenético), con las marcas. Bancos, tiendas, restaurantes, mapas, buscadores de servicios, diarios, etc. Un pequeño drama, vamos. Y lo consideramos drama porque, lejos de utilizar estas herramientas como algo que nos una y nos acerque más al mundo, resulta que le damos un uso dirigido en la otra dirección. Pero sobre las relaciones virtuales que establecemos con fines comerciales hablaremos más adelante. Bueno, quizás.



Nos gustaría enfocar este post acerca de la discusión entre lo virtual y lo real centrándonos en las relaciones persona-persona. Y nos referimos tanto a relaciones que tenemos hace tiempo como a nuevas que ya construimos basándolas en esa virtualidad. Desde que las IT han sufrido esta evolución vertiginosa, hemos modificado nuestra conducta relacional. Nuestros amigos se enfadan si llegamos 10 minutos tarde y no hemos mandado un “wasa” para avisar. No nos encuentran si no mandamos la ubicación del bar del Poble Sec en el que estamos. No compran un vino para la cena en tu casa sin mandarte 8 fotos con 8 tipos distintos de Ribera del Duero para ver cuál te gusta más. Nos felicitan poniendo una frase estándar en nuestro muro de Facebook (a todos/as nos ha llegado ese mensaje rollo “Anda, ya 34? Si con la cara de teenager que tienes parece que cumplas 26”. Claro, a los huevos tuyos…). Y si, obviamente podemos pensar que eso no está tan mal. De hecho no lo está. Empieza a estar mal cuando somos incapaces de buscarnos la vida de otra forma para llegar a nuestro objetivo. Porque, entre otras, perdemos capacidad de sorprender. Y de sorprendernos, por qué no, a nosotros mismos en cierta manera.

¿Qué no quiero asistir a tu cena porque me da palo? Da igual, no voy a tener ni que afrontar una conversación telefónica contigo para que me pilles la bola que te voy a meter. Te mando un mensajito, por la red social que tenga más a mano, diciéndote que llevo tres días con un catarro terrible y que, sintiéndolo mucho, no podré asistir. Y me quedo tan ancho. Y no cuela en absoluto. Pero parece que hemos llegado a un consenso generalizado (y no pactado) de aceptación de esta nueva forma de comunicarnos. Porque al final, no nos engañemos, lo hacemos todos/as en algún momento (como era aquello del “si a mi me lo hacen y trago, por qué no voy a hacerlo yo y tragas también tú?”).

Pero al final, la forma de relacionarse con los/as amigos/as de cada uno es, precisamente, de cada una de las dos partes. Y hay una experiencia “no-virtual” que está por encima de cualquier otro formato. Como decíamos anteriormente, nos asustan más las nuevas relaciones que construimos en base a esa virtualidad. Tenemos 279 aplicaciones de móvil para conocer gente (conocer gente… ehem!). Conocer gente de forma directa con fines estrictamente “comerciales” (pero del comercio de la carne humana), conocer gente que está conectada contigo a través de otras aplicaciones de conexión como Facebook y que te unen en afinidades (un poco rizar el rizo, no?), conectar con gente que acabas de cruzarte por la calle (el colmo, no esperes a cruzártela por el barrio en 10 días, no. Bájate la aplicación y localízala en 4 minutos), y un largo etcétera.  Eso si, lo común en todas las aplicaciones es que conectas con gente que tienes cerca. Debe ser por eso del archiconocido “Connecting People” (qué listos los de Nokia que ya lo veían venir hace más de 10 años). Gente que tienes cerca pero, a la vez, tan lejos. Porque la cercanía, amigos/as, no es algo físico solamente. Es algo emocional. Y ahí es, precisamente, cuando empiezan nuestras serias dudas al respecto de la calidad de dichas nuevas relaciones.



Porque en lo virtual, proyectamos más que explicamos. Y aclaramos: con lo virtual, al perder de una forma tan descarada la espontaneidad, lo que hacemos es proyectar una imagen relativa a nosotros. Una imagen de cómo nos gustaría que nos vieran, de cómo imaginamos que le gustaría vernos a la otra persona, una imagen, al fin y al cabo, que no suele ajustarse a la realidad, porque mandamos tantos mensajes que no dejamos que quien tenemos en frente descubra cosas por mi mismo/a. Hasta que cruzas la línea de lo virtual a lo real y te pegas el gran hostión. Hostión porque, en un porcentaje alto de las ocasiones, la persona que tenemos delante no suele ser la persona que hemos (o nos han) construido en la cabeza en la previa relación virtual. No sé si nos explicamos o nos estamos haciendo la picha un lio. Y finalmente, de lo que acaba uno/a dándose cuenta es de que invertimos tiempo y esfuerzos en relaciones virtuales que de reales suelen tener más bien poco. Y cuando las pasamos al terreno real, nos hacen aguas por casi todas partes.

Nos encanta que las tecnologías nos acerquen. Y nos encanta la gente plana y sincera que sabe hacer buen uso de dichas tecnologías. Nosotros, hace tiempo que nos dimos cuenta de esto y tratamos de no proyectar al exterior una imagen de nosotros/as que no sea la real, o lo más cercana a ella (no vamos a ir de flipados/as por la vida). Os invitamos a hacer lo mismo. Si es que no lo hacéis ya, claro está.


PS – Sentimos haber estado tanto tiempo sin escribir nada en el blog. No tenemos perdón de Dios. Pero… ¿Sirve de algo decir que hemos estado con un curro infernal? Esperamos que si. Y perdón también por no poner ningún link al post. Pero la verdad, no hay mucho tiempo… Prometemos que el próximo será más seguido y más currado.

martes, 18 de noviembre de 2014

Poli(toxili)ticos…


... Y banqueros, empresarios, megamultimillonarios, la Troika, el BCE, el FMI, etcétera, nos engañan. Directamente. Y lo peor es que, a día de hoy, ninguno/a de nosotros/as nos sorprendemos ni escandalizamos frente a una afirmación así.

No vamos a definir nuestra tendencia política en este post, Dios nos libre. No es nuestro objetivo. Además, no nos apetece hacerlo. Sólo queremos hablar de algo que, desde hace un tiempo, se ha convertido en la guarnición indigesta que acompaña a  nuestro menú de mediodía y noche.

Los robos, las comisiones ilegales (léase 3%), las puertas giratorias, el clientelismo político. Todas esas mierdas… ¿Son realmente necesarias para poder dirigir un país y velar por el bienestar de su sociedad? Rotundamente NO. Más bien al contrario. Son la mejor forma de descontrolarlos y llevarlos (ende, llevarnos a todos/as) a la ruina.  En los últimos 15 años, podemos contabilizar más de 325 casos de corrupción entre cohechos, malversaciones, prevaricaciones, falsedades documentales, estafas, fraudes fiscales, blanqueo de capitales, sobres en B, tarjetas negras… … Y la rana sentada cantando debajo del agua.








No es nuestra intención hacer una denuncia de todos y cada uno de los casos de corrupción en España. Entre otras porque no acabaríamos nunca. Pero nos sorprende ver la tranquilidad con que los/as personas que vivimos en este país los recibimos. Nos explican en las noticias que tal político ha viajado a Bali en primera clase con su “mejor amiga”, aquella que conoció en el Club La Amapola Salvaje, con una pequeña parte de ese dinerito que nos quitan a todos/as los/las españolitos/as de nuestra nómina a final de mes (bueno, de aquellos en que la nómina es algo habitual en su vida, que cada vez somos menos…). Nos cuentan también que ex presidentes, aquellos que son tratados como muy honorables, llevan más de 20 años robándonos y que tienen sus tesoros a buen recaudo en Suiza. Nos chivan, en modo vox populi, que algunas de las personas que militan en los sindicatos de trabajadores han falseado cursos de formación para desempleados con la única finalidad de conseguir una “financiación extra”. Y ya hemos llegado a tal punto, que nada nos sorprende. Nos comportamos frente a ello igual que si oyéramos llover.

Bancos rescatados con dinero público cuyos mandamases tienen unas maravillosas tarjetas “mágicas” con las que pagarse las Viagras que les permiten estar a tono para seguir usando dichas tarjetas en clubs de alterne y restaurantes. Y ellos no se comen una ensaladita de espinacas frescas con huevo duro, no. Pero también políticas que atropellan a agentes de seguridad, que se dan a la fuga, que tratan a infectados por enfermedades mortales de irresponsables y mentirosos, que echan discursos ridículos en un inglés de Salou frente el COI. No pararíamos. Pero basta ya. Y tratemos de darle un poco la vuelta. Tenemos algún/a amigo/a dentro del mundo de las soluciones alternativas a muchas cosas. Un día, uno de ellos nos dijo: “A veces, no se trata de cómo son las cosas. Se trata de cómo nosotros/as las percibimos, las afrontamos, las entendemos y reaccionamos”.









Quizás deberíamos evaluar en qué forma nosotros/as, miembros de la sociedad, recibimos dichas informaciones. Quizás, podríamos mover un poco el culo y aumentar nuestra presión social cada vez que un agente político, empresario, banquero, etcétera, sale a la palestra porque ha robado esto o aquello otro. A lo mejor, podríamos optar por nuevos aires políticos en un escenario en el que ya hay demasiados dinosaurios (léase “no se puede cambiar una constitución que data de hace 30 años”). Seguramente, si consiguiéramos hacer un click en nuestras cabezas y nos decidiéramos a hacer algo para acabar con esta mierda, podríamos hacerlo. Todo empieza por la concienciación individual. Hemos de despertar. Y nosotros nos incluimos.

Tenemos derecho a vivir dignamente. Tenemos derecho a cabrearnos y a exigir un cambio. Y tenemos la obligación moral y ética de ayudarnos.


Ayudémonos, pues.

viernes, 10 de octubre de 2014

Al salir de clase

Efectivamente, has acertado. El título de este post responde a una serie de televisión de cuando algunos de nosotros éramos jovenzuelos. Una de esas series cuya trama transcurre en un Instituto de Educación Secundaria, con personajes que superaban los 20 años. Curioso, ¿no?. Es como en la mítica Grease, en que Olivia Newton John hacía de niñata de 17 años y tenía más de 30 en realidad. Qué tontos/as somos los/las telespectadores/as algunas veces…

Pero no, el post no va sobre la serie. Siento defraudarte. Desde hace unas semanas estamos dando una asignatura de 4º grado de Publicidad y RRPP en la Universidad. La asignatura en concreto se llama Publicidad en Sectores Especializados.  Aunque hace años que tengo relación con el mundo universitario como conferenciante, debo reconocer que el primer día de clase tenía cierto gusanillo en el estómago. Plantarse delante de un grupo considerable de post-adolescentes a darles la chapa no es tarea fácil.

Como supondrás, trataré de describir algunas de las sensaciones que he experimentado tras tres semanas siendo profe. Se me hizo raro entrar a la clase, esa misma clase donde yo hice mi último curso de carrera, en la que esta vez entraba con camisa, americana y zapatos. Y casi nunca me pongo así, ni para ir a ver a un cliente. Soy publicista, puedo permitirme la licencia de llevar unas Munich fucsia con una americana azul.



El mundo de la docencia está, bajo mi punto de vista, infravalorado. Tengo la ligera impresión de que los alumnos son cada vez más exigentes. Soy el menos indicado para hablar, ya que yo siempre fui un estudiante bastante guerrero. Pero me hizo gracia observar, en la última clase, que los/las alumnos/as cuestionaban hasta mi rigidez a la hora de evaluar. Y no lo hacían en corrillo 2 minutos antes de entrar en el aula, no. Me lo dijeron deliberadamente al más puro estilo “in your face”. Y ojo, no quiero decir que me parezca mal, de hecho creo en la comunicación cercana entre alumno/a y profesor/a. Pero si que esperaba que, por lo menos, fuera una afirmación basada en algo. Y creo haber percibido que no lo era.

En mi caso, que no soy profesor titulado (ni quiero serlo, por Dios, soy muy feliz siendo un publicista tarado), la dinámica de trato con el/la alumno/a es un tanto peculiar. No me gusta gritar, ni soy partidario de dar clases teóricas inacabables, ni siquiera me gusta la sensación de saber que estoy aburriendo a los/las chavales/as. Por eso intento hacerles interactuar al máximo, y que las clases sean lo más prácticas y dinámicas posible.

Vale, sé que estoy hablando de una forma muy vaga. Me encantaría poder dar ejemplos de cositas que han ido sucediendo durante las 3 clases que he dado, pero dado el carácter público que tiene un blog como este creo que mejor no hacerlo, no quisiera herir la sensibilidad de cualquiera de mis alumnos/as que pueda llegar aquí. Pero sí puedo describir algunas sensaciones que he tenido.

Los primeros dos días de clase salí con una sensación un poco confusa. Por un lado, un poco confundido acerca de la capacidad real de los/las chicos/as de salir al mundo laboral de una forma coherente y competitiva (supongo que deberemos “agradecerles” a los últimos gobiernos de la nación por aprobar, legislatura tras legislatura, leyes para la educación que tratan de convertir al alumno/a en borrego/a en vez de aportarle un espíritu crítico y analítico frente a las diferentes materias). Por otro lado, con una especie de sensación de alivio, aquella más egoísta que me llevaba a pensar algo parecido a “bueno, tranquilo, si los/las futuros/as profesionales de la publicidad van a salir así, vas a tener trabajo por mucho tiempo”.




Cruel, ¿no? Vale, cruel. Pero real. ¿Por qué esconderlo? También debo decir que, tras la clase del pasado martes, dejé de tener esa percepción. El nivel de capacidad creativa de los/las jóvenes es ciertamente admirable. Les puse la, para nada fácil tarea, de desarrollar un concepto creativo para vender aerogeneradores a terratenientes particulares. Una paja mental completamente digna de cualquier artista del Surrealismo, pero propuesta por uno de los grupos de trabajo en clase. Y me pareció una buena forma de testar su capacidad creativa. Y debo reconocer que me sorprendieron. Y mucho.


Cuando era estudiante, salía de clase con la sensación (¿errónea?) de no haber aprendido absolutamente nada. Y por el contrario, ahora que estoy en el papel del profesor, tengo la sensación de que no he parado de aprender cosas desde que empecé esta gran aventura de la docencia, en mi mente comparable a cualquiera de las hazañas de Indiana Jones. Sensaciones muy dispares las que se sienten AL SALIR DE CLASE.