Usamos Whatsapp. Continuamente.
“Llego un pelín tarde”, “No me esperes a cenar”, “Cuándo piensas llamarme, querido?”… son algunas de las frases que clonamos constantemente en nuestros
móviles. Hace unos meses, durante una conversación tonta con unos vinos
delante, nos dimos cuenta de algo. Y lo comentamos. Y nos reímos de ello.
Todos tenemos, por defecto, una
parrilla de emoticonos en Whatsapp que son los que más utilizamos. El Sr.
Whatsapp nos facilita la vida y nos los pone delante de las narices de
primeras, para que no tengamos que buscar entre tanto dibujito y así volvernos
un poco menos locos. Pues bien, ese ranking de smileys, lagrimitas, caras de enfado, caras tristes, etcétera, refleja
un poco (bastante) nuestro estado de ánimo. El tema puede provocar ciertas risas,
y parece ridículo, pero párate a pensar un momento… Pasamos días muy guays y
estamos muy contentos, y los primeros puestos del ranking son ocupados por
sonrisas, soles, lunas, señoras flamencas, jarras de cerveza… Cada uno con lo
suyo. Y en cambio, cuando pasamos días o épocas más jodidas, éstos son ocupados
por caritas tristes, de enfado, hasta con lagrimitas.
Normalmente no nos paramos a
pensar en este tipo de cosas. Las integramos en nuestro día a día de una manera
tan rápida que ni siquiera somos conscientes de ellas. Vale, quizás es un poco
freak que hayamos llegado a este punto. Pero entiéndenos, el vino también ayudó
a ello. De hecho, hace unos cuantos años nos parecían súper modernas y de
tecnología punta las pantallitas táctiles de los cajeros automáticos y ahora
son lo peor con lo que tenemos que tratar en nuestro día a día. Estamos
perdidos si estamos 5 horas sin batería. No nos enteramos de los planes de los
amigos, no vemos las nuevas fotos de nuestro sobrino pequeño que vive en
Quintanilla del Duero y ha aprendido a decir “caca”, no encontramos a nuestros
colegas en una terraza del barrio de Gracia si no nos mandan la ubicación… Y
bueno, ni qué decir tiene el boom de aplicaciones de ligoteo que geolocalizan a
las posibles presas más cercanas y te ofrecen la posibilidad de tener whatever
you want, right here, right now. Pero de este tema hablaremos otro día (porque
da para escribir un libro entero…). Todos sabemos que hoy en día… ¡Hasta la
abuela tiene Whatsapp!
Y hablando de abuelas, el otro
día nuestra amiga Lali nos enseñó una foto que nos enamoró. Fue el 90
cumpleaños de su yaya (si, 90, has leído bien) y, con un par, en la comida de
celebración con toda su familia al completo, ella invitó a sus nietos a ponerse
de fondo, cogió el móvil e hizo una usie (selfie
en grupo) para cagarse. Un encuadre perfecto, sin temblores ni movimiento, ¡y
hasta con un efecto! WTF!!! Es para comérsela, ¿o no? (nosotros nos la
comeríamos hasta sin patatas…)
Estas cosas, inimaginables hace
un tiempo son, a día de hoy, de lo más habitual. Quizás en el futuro los/as
psicólogos/as del mundo empiecen a fijarse en los emoticonos del Whatsapp para
ayudarse a dar un diagnóstico de sus pacientes.
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